Un rey servidor

He traído el cuerpo de nuestra Señora en rigurosa custodia desde Toledo a Granada, pero jurar que es ella misma, cuya belleza tanto me admiraba, no me atrevo. […] Sí, lo juro (reconocerla), pero juro también no más servir a señor que se me pueda morir.

Con esa frase el noble Francisco de Borja cogió los hábitos tras la muerte de la emperatriz Isabel de Portugal. Esa frase encierra una sabiduría extrema, sutil, que habla de una verdad que está por encima de cualquier persona y objeto: la de servir a Dios, que es la servir a todos. Es también la verdad de saber posicionar las cosas en el sitio que les corresponde, pues no es por nada que el crucifijo está en la punta más alta de la corona.

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Se trata de un error por tanto la visión equivocada de ver al rey como ser superior, omnipotente, que le sitúa por encima de todas las cosas incluso del Estado o del pueblo: el error de divinizar algo que no lo es. Una visión que cualquier integrismo monárquico absurdo pero sobre todo muchos sectores antimonárquicos de igual manera se afanan en tener y se afanan en transmitir. Una mentira.

Servir al prójimo es el más alto de los dones que a los hombres nos fue dado por los cielos y el deber del rey es servir a su pueblo, y el pueblo a su rey como símbolo que representa a todo su país. Así se reconoce Felipe VI, como un servidor máximo para la sociedad española. Así debiera hacerlo. Ese es el único poder real que tiene hoy el Jefe del Estado: el de servir. Tanto más y mejor lo haga, mejor rey será.

Pretender un cambio de régimen político puede ser totalmente legítimo y razonable; sin embargo la mayoría de las pretensiones actuales que encarnan este cambio parten de dicha mentira o idea equivocada de ver al rey por encima del pueblo. No cabe esa concepción en el mundo moderno. No debe ser deseo de buen gusto asumir tal magna responsabilidad salvo si parte de una entrega generosa de servicio a una comunidad. ¡Pase de mí ese cáliz! No se hace un juicio moral de que una monarquía sea mejor o peor régimen que otro, simplemente es el que venimos teniendo. Aquellas repúblicas son tan dignas como la compatible monarquía parlamentaria que tenemos hoy en España, ambas formas de gobierno consecuencias distintas de pueblos que supieron perdonar o no pudieron o no quisieron la tiranía de sus gobernantes pero que han sabido pasar por encima de los absolutismos reales, tan divinizados, de otras épocas, que son totalmente anacrónicos y están abolidos en la Europa moderna de hoy. Buscar ver otra cosa que esto es una visión mezquina, necia e interesada basada en odios y mentiras que condenan más que sirven.

Cabe hacer una labor pedagógica con este asunto pero no está exenta de dificultad: hoy se ve claramente que no se ha sabido hacer en las últimas décadas. La gente confunde la solemnidad con la adoración, la lealtad con el sometimiento y la aceptación con la rendición.

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