Cómo conocí y abracé la filosofía

Desde siempre he sido un amante apasionado de la filosofía.

Digo desde siempre porque lo soy desde que nací: un filósofo niño. ¡En serio! De pequeño hacemos filosofía sin darnos cuenta y yo no era una excepción, cuando la curiosidad que me producía un mundo nuevo por descubrir me hacía preguntarme cosas y buscar por su razón o sentido. Siempre han dicho de mí que he sido una persona muy curiosa.

Al hacerme más mayor, siendo adolescente, leí un libro llamado El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder: un cuento novelado en el que la protagonista, Sofía, una niña de 14 años a punto de cumplir 15, va descubriendo por medio de unas cartas que le escribe un filósofo la filosofía occidental. Aproximadamente yo debía de tener también 14 años. Seguramente fue la primera vez que me pregunté por el significado de esa extraña palabra “filosofía”. La novela me resultó agradable de leer a la vez que empecé a escuchar nombres como Platón, Sócrates, sofistas, Descartes, los mitos, Spinoza, Hume, Kant… incluso creo que hablaba también de Jesús de Nazaret. Sin embargo, más me impactó el hecho de que la protagonista cobrase vida en el libro que yo estaba leyendo y su autor escribiendo; que las propias historias de cada uno de éstos.

Un par de años más tarde el mundo de la filosofía llamaría de nuevo a mi puerta por siempre cuando en el colegio nos dieron la primera clase de la asignatura Filosofía. Fue entonces cuando por fin empecé a encontrar el verdadero significado de la filosofía, de la búsqueda de la Verdad y el amor por la Razón. Un inexplicable por entonces sentimiento me empezó a unir en comunión con todos los Hombres, con toda la historia de la Humanidad y desde entonces empecé a buscar esa razón que nos hacía a todos Hombres o más extensamente Seres existentes. Descubrí el mundo de las Ideas, intuí la Verdad que a todos nos envuelve y maduré la concepción de Dios a un Dios adulto, como yo me estaba haciendo. Por primera vez mi cabeza se planteó de dónde venía, quién era y adónde iba, por qué somos como somos y por qué somos.

Desde ese momento y en un proceso largo no exento de pasiones y debilidades hasta el momento presente, mi persona se desembarazó del dominante factor emocional y empezó a encontrar en la Razón un dominante firme, garante e implacable.

Ayer leí del filósofo francés Jean Paul Sartre, de caracter marcadamente izquierdista -detalle que destaco con motivo justificado-, que en un momento dijo que ‘si un razonamiento riguroso le llevara a la conclusión de la superioridad del fascismo, se haría fascista sin dudarlo‘, haciendo gala de una integridad ejemplar, al menos de forma teórica, de la que todo filosofo debería disponer. Quizá disponiendo de una confianza excesiva en el razonamiento, pues razonablemente se puede llegar a argumentar casi todo -sin que tenga por qué ser Razón Verdadera-; pero en el fondo lo que estaba queriendo decir es que en la búsqueda de la Verdad, en el pensar, el rigor de la construcción del pensamiento debe tener más peso e importancia que el contenido mismo de las conclusiones* o en otras palabras más llanas: que el fin no justifica los medios.

Es en la Razón donde intuyo que está el Principio y Fin de todas las cosas, donde encontrarás a Dios, la Verdad pura, el Sentido primero y último de la Vida, la Belleza más absoluta y el Amor más grande.

* Fernando Ortega

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