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¡Feliz cumpleaños, yo!

Uno debe quererse mucho, mucho a sí mismo. A veces la sensación muy humana de estar «solo» en el mundo amenaza con destrozar el sentido de amar a los demás, y por extensión el de amar. El penúltimo amor que queda entonces no es otro que el que se tiene uno mismo, y es en uno mismo desde donde se debe empezar a iluminar esa oscuridad.

En el amor a uno mismo encuentro el amor que debo hacia los demás, porque ellos me enseñaron a amar, porque una persona aislada no es capaz de aprenderlo nunca.

Hoy cumplo 25 años, una cifra como cualquier otra pero a la que he querido dotar de un sentido especial. Un cuarto de siglo. Casi una tercera parte de mi vida, no sé si la más intensa, aunque sí lo ha sido mucho. Infancia, adolescencia, juventud, flor de la vida. ¡O semilla!

Yo no sería quien soy sin mis padres y mis hermanas, a los que cada día me doy más cuenta de lo importantes que son en mi vida, fundamentales, esenciales, y de lo mucho que quiero y he querido a los cinco. Ellos han sido los principales partícipes de hacerme la persona en la que me he convertido. Soy feliz, familia, y me siento pleno en este momento de mi vida. Si muriese pronto no me habría alegrado más de haberlo dicho. Gracias.

No sería quien soy sin el resto de mi familia: mis cuatro abuelos, aunque falten ya dos; mis tíos y mis primos, aunque no los vea tanto como antes. Esa familia me ha visto crecer desde que era un renacuajo. Me han querido como el que más. Quizá mucho esté distorsionado pero las fotos grabaron momentos que no engañan a nadie. Me hicieron entre todos la infancia feliz.

Debo mucho a mis amigos, les debo amistad y fidelidad. No puedo nombrarlos a todos porque gracias a dios son muchos. Siempre he pensado que no era muy agraciado por el hecho de no haber tenido un grupo de amigos definido y sólido. Sin embargo hoy me siento más que afortunado de tenerlos disgregados -algunos en la otra parte del mundo, algunos muy cerca de mi casa-, de que sean tan diferentes, y tan buenos cada uno de ellos. Me ayudan y me siento querido y apreciado. ¿¡Y todavía me atrevo a pedir más!?

Y por último, no entendería los últimos años de mi vida sin ti, S., compañía de camino primordial, agradable, cuidadosa, preciosa. En ocasiones se me tienta odiarte pero no puedo, no podría. Te quiero.

Dios ilumina cada rincón de mi vida desde antes de que naciese. Estoy plenamente feliz, y Tú me haces verlo. A veces me tapo los ojos pero Tú me quitas las manos con cariño, me animas a no temer nada y nunca me fallas. No sé porque debería tener miedo cuando lo tengo. Vivir está siendo el mejor regalo que jamás he recibido, y el más divertido y emocionante (Lo puedo seguir diciendo, jefes). Mi vida, el mayor misterio; y el proceso de entenderlo se convierte en un viaje a Ítaca inmejorable que dejaré incompleto, un vuelo mejor que el anterior, una migración de planeta en planeta, el más entretenido de los juegos, un Buen Combate: el cielo.

¡Qué apasionante aventura es el camino hasta la muerte!, escucho que grita emocionado el pequeño Peter Pan, que inevitablemente va quedando atrás, dentro de mí. Y sé que lo está diciendo para mí.

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