Peter Pan

“Tan rápido como el pensamiento, cogió un cuchillo del cinturón de Garfio y ya estaba a punto de lanzar su ataque cuando vio que estaba situado en una posición más alta que su enemigo en la roca. No hubiera sido aquella una pelea justa. Le tendió la mano al pirata para ayudarlo a subir.

Fue entonces cuando Garfio le dio un picotazo.

No fue el dolor, sino la injusticia, lo que aturdió a Peter. Se quedó completamente indefenso. Lo único que podía hacer era mirar horrorizado. Esto mismo les sucede a todos los niños cuando son tratados injustamente por primera vez. Cuando vienen a uno con inocencia, a todo lo que creen tener derecho es a un trato justo. Si has sido injusto con ellos volverán a amarte, pero ya nunca serán de nuevo los mismos. Nadie se repone nunca de la primera injusticia; nadie salvo Peter. Se había encontrado con ella muchas veces, pero siempre la olvidaba. Supongo que era eso lo que realmente lo diferenciaba de todos los demás.

Así que ahora, cuando se topó de nuevo con ella, fue como la primera vez y lo único que podía hacer era mirar indefenso. Dos desgarros le hizo la mano de hierro.”

Peter Pan, de James M. Barrie

Recojo este fragmento de esta genialidad de Barrie que ha conquistado a tantas generaciones, porque se me antoja ¡tan necesario hoy en día!, y porque es tal el simbolismo de esta escena que la quise releer un par de veces más. Peter Pan, el niño que no quería crecer.

La primera traición, la frontera en la que el niño deja de ser niño y se convierte en hombre. La pérdida de la inocencia. Una injusticia, dice, ‘de la que nadie se repone, tras la que nunca seremos de nuevo los mismos’. Ese momento preciso de la vida en la que nos quedamos indefensos, aturdidos… perdidos. ‘Volverán a amarte’, perdonaremos, pero como Hombres débiles, limitados, no podremos olvidar: ya nunca volveremos a ser los mismos.

Y Peter, el niño eterno, el único y pequeño ser que era capaz de reponerse de esa primera injusticia una y otra vez. Porque siempre la olvidaba. Un perdón que olvidaba todo. Un perdón de niño.

No es que no haya que madurar: el destino de todas las personas es crecer, madurar, hacerse responsables con su vida y con la vida de los demás; y aprender a volver a amar tras una traición, tras un desengaño, tras el dolor que oculta el veneno del odio en cualquier corazón humano: aprender a perdonar. Pero teniendo siempre presente el perdón ideal, al que debemos tender en todo momento, a ese Perdón que olvida y limpia y es capaz de convertir el veneno en agua cristalina y es capaz de volver a tomar todo de nuevo como la primera vez, sin rencores ni odios guardados que son los que acaban pudriendo al corazón y a la persona. Quiera yo esforzarme siempre para eso.

“Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios”
Jesús de Nazaret

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Un pensamiento en “Peter Pan

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