Cómo abrir una lata y no morir en el intento

La respuesta obvia podría ser con un abrelatas. Pero no: esta lata es una lata especial. Es la lata más especial que he visto nunca. Y es mía porque el tiempo lo ha hecho así, ya que nunca la compré ni la robé. La poseí desde el momento en que apareció en mi despensa.

Emplear un abrelatas sería una verdadera atrocidad. Resultaría realmente violento y nada práctico. Por mucha fuerza que pueda tener yo, no sería fácil abrirla. Y si lo consiguiese la rompería y ya no sería mi lata jamás.

Explotarle una bomba no sólo destrozaría la lata, también a mí. No sirve apedrearla porque se acabaría abollando y yo posiblemente pillándome un dedo. Quizá si la agujereo lograría tener un huequito para mirar adentro e, incluso, llegar a probar su interior. Pero seguramente no sería mucho lo que viera porque no puede entrar la luz, y lo que pudiese extraer de dentro por ese agujerito sería tan ínfimo que no saciaría mi deseo, se acabaría

contaminando el contenido y teniendo que desechar la lata y no es ese fin digno para una lata tan bonita. Es muy delicada, no se puede hacer así de cualquier manera.

El objetivo es abrir la lata sin morir en el intento. Si muero abriéndola no tendrá sentido porque entonces quedará huérfana, y el esfuerzo habrá sido en balde.

Total, que tengo una lata preciosa pero muy fuertemente cerrada.

La miro y remiro muchas veces, la estudio, pienso mucho en ella mientras estoy trabajando o voy en metro o viajo en autobús. Estoy buscando la mejor forma de conseguir abrirla de nuevo sin echarla a perder.

Porque ya la abrí una vez, ¿No lo he dicho antes?. Por eso me gusta tanto, tanto. No sé si he comentado que es una lata maravillosa, la más maravillosa. Lo que pasa es que me olvidé de ella en la nevera y el frío intenso acabó soldando muy fijamente su obertura.

Por eso sé que no es imposible volver a abrir la lata. Si me precipito me puedo cortar en la mano con un cristal de hielo, me puede herir con el espinado aluminio que la corona. Tengo que hacerlo con sumo cuidado: la estoy poniendo al baño maría, dándole calor suave, a fuego lento para evitar que hierva muy rápido por dentro y se estropee luego. Sería un fracaso peor que no poder abrirla.

Derretir poco a poco el hielo puede llevar su tiempo. Está bien, hay que ser paciente y esperar. ¡Aunque si supieseis lo que me está costando resistirme a acelerar el proceso!

No olvido que esa lata es muy importante para mí. Me la olvidé demasiado tiempo en el intenso frío, pero ahora no me voy a despistar. Voy a velarla, voy a estar atento para controlar cualquier variación en la temperatura, en el estado. Por suerte tengo tiempo para poder hacerlo todavía, y el tiempo, si mata, al menos lo hace más lentamente.

“Historia de una lata” de Slax Loomse

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